La hermana Noemí Cadavid estaba detrás del papa Francisco con una camiseta de Atlético Nacional en las manos. Esperaba el momento oportuno para regalársela. Era paciente, pero sabía que esa era la única oportunidad que tenía de entregarle al santo padre la prenda de su equipo amado.

Hacia las 3 p. m., el Papa llegó a Hogares San José, en el barrio Boston del centro de Medellín. Allí lo esperaban 300 niños abandonados y en condiciones desfavorables, algunos religiosos y una camiseta del Atlético Nacional.

Transcurría el acto oficial, todo estaba según lo planeado, el Papa miraba y escuchaba atentamente las dulces y suaves voces de un coro que cantaba para él. Junto a Francisco, mientras guardaba sus gafas en el estuche, se encontraban Ricardo Tobón, arzobispo de Medellín, monseñor Armando Santamaría y la hermana Noemí Cadavid, rectora de Hogares San José. A las espaldas del santo padre uno de sus acompañantes, encargado de la seguridad, preguntó a la hermana cuáles eran sus intenciones con esa camiseta. Ella respondió y la exhibió. El hombre la tocó, intentó llevársela, asegurando que más tarde se la entregaría, pero ese no era el objetivo de la hermana Noemí. Ella quería que el Papa la viera