Culpables, así son los hombres en la obra de Débora Arango, aún cuando la prostitución la ejercen las mujeres. Basta con revisar cómo presentó sus miradas desesperadas, a la espera de que la cortina se corriera, de que saliera quien estaba consumiendo el placer de la mujer que vivía de vender su cuerpo, y le llegara el momento de dar rienda suelta a sus más bajas pasiones, a sus carnales pecados, que no solamente tenían como responsables a los cuerpos femeninos que los seducen. Ella describió el mundo de la prostitución así, en la pieza de óleo sobre lienzo titulada Los que entran y los que salen, que, con dimensiones de 152 X 120 centímetros, ejemplifica la polémica forma en que Arango retrató el pueblo antioqueño, que se ve decadente y pecador, culpable y sin ganas de cambiar, en la exposición Los proscritos, la obra escandalosa y prohibida de Débora Arango, abierta en la sala central del Museo Juan del Corral de Santa Fe de Antioquia.
 
Los que entran y los que salen (óleo sobre lienzo, 152 X 120 centímetros).
Se trata de una muestra antológica de los temas trascendentales en la historia plástica de la creadora, en la cual son presentados: “el compromiso social”, “el pincel fustiga la política”, “la expresión pagana”, “arte y religión” y “confrontación, censura y reivindicación”, ejes que articulan una reflexión sobre el papel de Arango en la historia del país. Martha Lucía Villafañe, directora del Museo Juan del Corral, quien considera a Débora Arango “la más grande artista colombiana de todos los tiempos”, explicó que su interés con esta exposición es presentarle a los visitantes cómo “la obra misma cumple como ninguna otra con esa responsabilidad social del arte que la pintora vivió y sintió como primordial vocación, y a la cual respondió con creces, sin importar las consecuencias que para su vida personal y profesional tuviera, pues esta decisión irrevocable de la artista hizo que fuera condenada por la crítica y la sociedad al ostracismo por cincuenta años (media vida de la artista y prácticamente toda su vida profesional)”. Toda la reflexión de la muestra tiene que ver con la denuncia. En esa casona colonial que es el Museo, con sus paredes blancas y sus maderos robustos, los gritos forajidos de Débora Arango se escuchan en el silencio: “Yo tengo el espíritu tranquilo, reposado y analítico. El fenómeno debe surgir probablemente de la interpretación emocional que me producen los demás. Debe ser así, lo creo yo, que veo en todos los rostros humanos, pasión y paganismo”, es una de las incendiarias frases de la artista que acompañan las fichas técnicas de la obra, en una museografía que se concentra en que todo el mundo pueda saber por qué es crucial esa pieza y qué quiso decir su autora al pintarla.
 
La celestina, acuarela sobre papel, 97 X 68 centímetros.
Hermana de la caridad, una creación en acuarela sobre papel en la que se ve a una monja que tiene miedo, que se oculta entre un manojo de flores; La celestina, pieza que retrata a una especie de madame con sombrero de flores que mira a una joven sentada en un colchón; Los seguros sociales, óleo sobre lienzo que retrata a un hombre con padecimientos de salud custodiado por diabólicos funcionarios; y Melgar, cuadro que retrata una marcha con calavera y letreros alzados, son algunas de las obras que reúne esta exposición, que estará abierta al público hasta el 30 de octubre de este año. En síntesis, la Débora Arango que presenta el Museo Juan del Corral es aquella incendiaria, aguerrida y luchadora que no tuvo miedo a la iglesia, que no se cayó ante las posibilidades de hacer de su arte una mina de oro, que no permitió que su pincel tomara los tonos pasteles que querían callar el panorama oscuro y vil de la época en la que vivió. Esa pintora de fuegos, de odios, de veto eclesiástico y rechazo social, esa que provocó que el líder político Jorge Eliécer Gaitán le escribiera: “Yo no sabía que usted fuera tan importante, sus pinturas me costaron una hora de discusión con Laureano Gómez”, esa es precisamente la que hoy enciende la luz de la historia, en la Ciudad Madre, sin cesar de tiempos, espacios ni ojos que la miren.